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“El Principio de los Tiempos”

Hoy Angel González de 1ºC nos envía un cuento. A partir de ésta fecha Angel se integra al equipo de colaboradores periódicos de Responsa, lo cuál nos da un enorme gusto. Le agradecemos mucho su participación.

 

“El principio de los tiempos”


En el principio de los tiempos, cuando la infancia de la tierra jugueteaba con el cosmos, Dios rasuraba sus barbas con las alas de las hadas; miraba tristemente su reflejo en el ocaso, la soledad le ponía impaciente, así que  tomó una decisión, crear una bola de carne sucia y olorosa esperando que algún día fuese semejante a el y así poder  tener mínima compañía.

Pero no, se dio cuenta que su invento había fracasado y se hincó derrotado sobre las nubes que susurraban en el viento melosas palabras de consuelo. Lloró y con sus tibias y frágiles lágrimas inundó el árido sótano que se encontraba bajo los cielos, un sótano en donde guardaba sus temores y más íntimas perversiones. Fue tanto el llanto que le resultó imposible secar aquellas tierras que se ahogaban en la amargura y la tristeza; desconsolado y sin inhibiciones desnudó su extraño y veterano cuerpo y se tiró de la nube más alta. El agua estaba fresca, los vientos acariciaban su silencio, era extremadamente placentero que no pensaba nunca en renunciar.

Luego, cansado, sacudió su sucia y descuidada melena y ordenó a las estrellas le pusieran coqueto, pues esa noche debería crear a su contrario, algo que no tuviera un tufo insecticida, algo que fuera frágil pero a la vez extremo, algo que le ayudara a romper con el silencio, algo que volara con el y que le mostrara lo perverso. 

Así entonces moldeó a la primera dádiva, con ojos tan claros como el cielo, con una piel tan blanca que pudiese verse a millas de distancia al contacto con la luz del sol, con unos cabellos tan perfectos que parecieran sumamente apetitosos, con uno olor que atrajo instantáneamente las miradas del ego, del sentimiento, de los impulsos y del celo, miradas que se postraban en sus senos para pervertir y juguetear con su intelecto.

Entonces lo había logrado, creo a ese ser perfecto que solía postrársele en el pecho, un ser que no decía nada sino simplemente se dejaba guiar por el deseo, un ser que con dulces sonidos afinaba su cerebro y así fue. A dios le pareció tan placentero que interactuó toda la noche con su invento, le enseño modales y un poco de sexo, le mostró el placer y le mostró el deseo, realidades excéntricas que perturbaban sus pensamientos; fue así como nació el deseo y el arrepentimiento.

Para cubrir su error creó dios a su semejante, con un olor insecticida y unas barbas alarmantes, le dio fortaleza y unos músculos abominables y lo desnudó frente a su dádiva quien fue víctima de todas las tentaciones. 

Con eso logró quitarse de encima las culpas, mirando solo el pecado ajeno, cogió una maleta llena de dinero y se fugó dejando solos a los primeros hombres que fornicaron en el universo.

 

Ángel Martín González González, 1ºC


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septiembre 27, 2009 - Posted by | Uncategorized

1 comentario »

  1. Que onda Angel, pues que te puedo decir, una vez mas te digo que vaya sorpresas que me das, por lo menos esta si es buena, y las otras pues…!!en realidad sabia que te gustaba escribir pero no habia tenido la oportunidad de leer algo escrito por ti.Esperemos que no sea lo primero ni lo ultimo que lea de parte tuya.
    Buen cuento,creativo y diferente!!!!

    Comentario por Selene | septiembre 28, 2009 | Responder


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